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jueves, 3 de abril de 2025

CRÓNICA / “Dios te anima, te da fuerzas”

Un ascenso al Iztaccíhuatl tras tres intentos y una nevada inolvidable.



La madrugada era densa y helada en el Paso de Cortés. El viento susurraba advertencias mientras Esaú —montañista experimentado con múltiples ascensos a cumbres mexicanas— y yo (Roberto) ajustábamos por última vez las mochilas, los guantes, las lámparas frontales.  Aunque sabíamos que el clima podía jugarnos una mala pasada, esta vez había una certeza distinta: íbamos a llegar a la cima.


Para mí, no era la primera vez. Tampoco la segunda. Era mi tercer intento. En dos ocasiones anteriores la montaña me había hecho retroceder. Ya fuera por el clima, el desgaste físico o simplemente por no estar listo, el Iztaccíhuatl —la mujer dormida— me había pedido paciencia. Esta vez, era diferente.



Comenzamos el ascenso bajo un cielo despejado, entre pasos firmes, respiraciones controladas y el crujir del hielo bajo los crampones. Conforme ganábamos altitud, las estrellas parecían más cercanas, como si observaran en silencio nuestro avance. La ruta se sentía familiar, pero también cargada de expectativa: la tercera era la vencida.



Pasadas las 2 de la madrugada, la temperatura cayó en picada. El aire se volvió más seco y cortante. Una nevada ligera empezó a cubrirlo todo: primero las rocas, luego nuestros hombros. La noche no nos regaló tregua, pero sí algo más valioso: una sensación de plenitud, de lucha, de estar exactamente donde debíamos estar.



Finalmente, tras varias horas de ascenso, alcanzamos la cumbre. La cima del Iztaccíhuatl se desplegó ante nosotros como un altar blanco, silencioso, poderoso. Abrazamos el momento. No había palabras, solo el eco del esfuerzo compartido, de la perseverancia frente al fracaso.



Celebro la cima, pensé. No solo por el logro físico, sino por lo que significaba: la paciencia, la amistad, la resiliencia. La montaña me puso a prueba, y me esperó.


Y entonces, entre el frío, la altura y la inmensidad, llegó una certeza profunda a mi corazón: Dios te anima, te da fuerzas.

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